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sábado, 24 de septiembre de 2022

Las plantas son como la vida. Si las sabes escuchar, ellas te dicen lo que quieren.
Hubo unos años en mi vida en que creípenséyasumí que era negada para las plantas. Y se encargaba Miguel. La coña casi histórica es que a mí se me moría todo. Y resulta que no. Que ahora que llevo meses encargándome yo, no solo tengo hermosas las plantas que solíamos tener sino que tengo unas cuantas más, a cual más viva. Todas preciosas y contentas, como yo, que sigo cultivando mi autosuficiencia y las plantas me dan un buen feedback, que es una palabra que decimos en inglés porque no sabemos decirla en español porque no hay palabra en español para decir feedback. 
Se me hace entonces irremediable comparar las plantas con las relaciones. Ahí voy: decía al principio que si las sabes escuchar, ellas te dicen lo que quieren. Sí. Dan muestras de lo que les pasa. Te van avisando: "Eh, tú, que tengo las hojas amarillas, mírame", "Oye, tú, que se me están cayendo las hojas, date cuenta". Y tú ahí, a tu play, haciendo caso omiso a la movida y un día, de repente, va y se muere. Y te quedas con cara de lela pensando cómo ha podido pasar semejante cosa. ¿Así? ¿Ya? ¿Te vas? Y la otra te había estado avisando, joder. Pero tú no lo veías (porque no querías o porque no sabías). Pues lo mismo con las relaciones: las cosas van pasando poco a poco. No se mueren de un día para otro. Deberíamos observar más, hablar más, comunicarnos más, pedir más. Y asumir que el "no" es una de las posibles respuestas cuando pedimos. Pero nada, oye, cómprate plantas de plástico si no. Y no las pongas cerca de fuentes de calor, que todavía va y se te muere una planta de plástico, que eso ya sería el súmmum del horror: la muerte de un objeto ya muerto.
A regar, a regar.

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